Ana

Julio 2014

Hay tantas razones para elegir dar a luz en casa que apenas sé por dónde empezar. Cuando nació mi primera hija yo ya pensaba que era la mejor opción, porque todos los razonamientos, a poco que te informes, te llevan a esa conclusión ¡y eso que no me había informado ni la mitad que ahora! Más allá de los argumentos racionales yo también sabía que era la mejor opción, con esa sabiduría que compartimos todos los seres de este mundo y que los humanos de nuestros tiempos, sometidos a la tiranía de la razón, apenas recordamos ya.

 

Sin embargo sentía que no era adecuada para mí, porque no me creía capaz y tenía demasiado miedo. El miedo es uno de los grandes motores que hacen funcionar este engranaje al que llamamos nuestra civilización, basado en falsas creencias sobre falsas necesidades, por no decir tremendas y descaradas mentiras para justificar todos aquellos procedimientos que sólo benefician a unos pocos. Es triste y terrible que una mujer no se sienta capaz de hacer lo que millones de mujeres han hecho antes que ella, aquello para lo que su cuerpo está preparado desde la noche de los tiempos. Pero lo cierto es que el engranaje ha aplastado esa confianza básica en una misma y lo que una es, en la vida. Pero incluso escuchando las amenazas del miedo, examinando cuidadosamente los riesgos que para la madre y el bebé acarrea un parto, resulta que éstos no son mayores en casa, y que en los hospitales existen múltiples factores e intervenciones que pueden generar peligros ausentes en el hogar. No es mi intención hacer una disertación sobre este tema, para todos aquellos que necesitan números para sentirse seguros y poder creer, hay mucha información, datos y estadísticas que así lo muestran. 

Datos asombrosos a los que cualquiera puede, hoy en día, tener acceso, de los que nadie te habla cuando haces las primeras consultas por tu embarazo. A nadie le interesa el tema a no ser que le toque directamente, más bien asusta, provoca cierto rechazo; nadie parece saber ya lo que es un parto de una hembra mamífera. Y si resulta desconcertante esta ignorancia por parte de toda la sociedad, más en un tema tan vital, cotidiano e importante, cuando se trata de personal sanitario supuestamente formado y a tu servicio resulta irritante tanta ceguera.

 

Aunque estoy convencida que no es por mala intención este ocultamiento, este no querer saber, sino nuevamente por miedo, porque es más cómodo y fácil aceptar lo que se te impone como verdadero sin cuestionamientos, y porque hemos sido sometidos a muchos años de "educación" destinados en parte a anular toda inclinación a la crítica y al pensamiento libre.

 

Pero a veces queda algo que se rebela, y, en mi caso, siempre me hizo dudar de lo que se da por sabido, ese algo indefinible a lo que El Principito llamaba el corazón cuando decía que lo esencial es invisible a los ojos… Después de pasar por la experiencia del nacimiento de mi primera hija en un hospital, aún sin ser de las más terribles, mi corazón vio claro por encima del miedo y la desconfianza. Y cuando supe que otra vida se estaba gestando en mi vientre ya no tuve ninguna duda, todo mi ser, pensamiento, sentimiento y razón me lo decían. Al poco de haber investigado y leído incluso el miedo, que siempre está ahí, se tranquilizó, ya que cambió su orientación y naturaleza: me dan más miedo todos los riesgos que acarrea un hospital.

 

Pero, sobre todo, y por fin llego a lo que para mí es el meollo del asunto, se trata de una cuestión de respeto y amor. Quiero dar a luz en casa como acto de amor y respeto por mí misma, por la bebé que nacerá y por el resto de mi familia. Quiero dar a luz en casa porque es el lugar donde vivo, y el parto forma parte de la vida, no se trata de una enfermedad ni un problema sino de uno de los momentos más sublimes e importantes, si decide ser madre, en la historia de una mujer, y en la de la nueva vida que llega a este mundo. Quiero dar a luz en casa porque quiero disfrutar libre e íntimamente de esa parte de mi sexualidad, sin estar rodeada de extraños en un ambiente ajeno. Quiero recuperar la confianza en mi cuerpo, el poder que tengo como ser vivo y como mujer para generar vida, y asumir la responsabilidad que ello conlleva sin dejarla en manos de otros. Quiero cuidar lo mejor posible de mi salud e integridad y de las de mi hija, evitando intervenciones y medicación innecesaria que sólo se hacen por protocolo, por "si acaso", por falta de tiempo o por intereses que nada tienen que ver con los nuestros. Quiero estar acompañada por personas que me conocen y me aman, y permitir que mi otra hija viva el acontecimiento como ella desee, sin alejarla de algo que de hecho ella ya percibe como natural y hermoso.
 

Quiero recibir al bebé que revolotea en mi interior con mis propias manos, con mi piel, para que su primer contacto con este mundo sea lo más cálido y amoroso posible, en su hogar, sin intervenciones que la manipulen y violenten desde el primer instante. Mi deseo es legítimo y posible, y sólo muy recientemente en la historia de la humanidad ha sido visto como una locura peligrosa. Mi hermano mayor nació en casa, como mis padres y mis abuelos y todos mis ancestros. Mi madre tuvo que pagar mucho para que yo naciese en un hospital, seducida por los avances de la ciencia y bloqueada por el miedo, hace cuarenta años ¡qué paradoja! Y yo llevo en mí la herida del abandono, ya que como empezó a ser habitual, no me permitieron estar con ella la primera noche de mi vida, contradiciendo toda la lógica de la naturaleza y del sentido común. Ahora la OMS recomienda de nuevo el contacto piel con piel nada más nacer, pero han sido necesarios muchos estudios y mucha lucha para ello, porque las "personas mayores", en que nos hemos convertido a lo largo de nuestra demencial historia, una vez perdido el contacto con su corazón, necesitan datos y números para poder creer lo que es evidente ¿O es que la violencia de nuestra sociedad necesita imponerse desde el primer momento, para así perpetuarse? También sobre eso se ha escrito e investigado ya, y podéis encontrar nuevos datos asombrosos.

No reniego absolutamente de la medicina y el progreso, por supuesto que recurriré a ella si existiese un peligro real para mí o para mi hija, y reconozco todas las vidas que han salvado. Pero denuncio todas aquellas otras que han sacrificado y traumatizado. Reniego de las mentiras conscientemente difundidas por los intereses económicos de un sistema que pretendidamente busca el "estado de bienestar", y en el que el bienestar brilla por su ausencia incluso en aquellos que se benefician económicamente.

 

No quisiera terminar sin agradecer con todo mi corazón a todas aquellas personas que han luchado por el derecho a parir como una quiera, que han desenmascarado mentiras, que han investigado y ofrecido datos, que han escrito, que han contado, que han compartido sus experiencias, que se han enfrentado a los poderes establecidos.

A todas las que siguen haciéndolo. Gracias a todos los libros que he leído, porque desgraciadamente yo soy ya una persona mayor que necesita reafirmar y que otros le confirmen las intuiciones de su corazón. Gracias a mis antepasados y a mi madre por darme la vida de la mejor forma que pudo, a todas las amigas que me han dado fuerzas con su ejemplo o su presencia o su escucha. A Gorka y Aurora por todo su amor y apoyo. Gracias a Valle por haber tenido la valentía de formarse y ejercer como comadrona de parto en casa, por este blog y por toda la luz y la confianza que trasmite, y a Raquel, Seba y Cristina que me acompañarán también, por el respeto que han mostrado desde el principio, por su sabiduría, apoyo y cariño. Y gracias a Olivia por habitar mi cuerpo y convertirme en madre nuevamente, porque ella sabrá nacer.

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