Nacimiento de Jana

Por fin tenemos a Jana entre nuestros brazos. Ha sido una larga espera, pero cuanto mayor es la espera, sientes que mayor es la recompensa y así fue.

 

Jana decidió nacer tras 96 horas y media de bolsa rota, a las 42 semanas de gestación un 9 de abril, y fue grandioso. Ahora toca seguir aprendiendo con ella y de ella, disfrutándonos mutuamente, amándola cada segundo.

 

Raquel, Mayo 2015

 

 

Por fin logro sentarme a escribir tu parto, Jana, algo que antes de estar embarazada me parecía primordial, casi tan importante como el parir mismo, ahora me da la risa, después de vivir 20 meses siendo tu mamá reconozco que el parto es solo un instante en este viaje. Eso sí, un instante mágico, revelador e importante.

 

Hace años que perdí la costumbre de escribir así que entre eso y que la maternidad no se caracteriza por tener muchos momentos para una misma, he tardado 20 meses en ponerme a escribir tu historia de parto, seguramente será muy distinta a cómo habría sido si la hubiese escrito al poco de nacer pero seguramente entonces no estaba lista para escribirlo, así que sin más dilación allá voy.

Comenzaré por el principio, que es lo que recuerdo con mas claridad. Tu abuelo Roberto, mi padre, que vive en Almería vino a pasar las vacaciones de Semana Santa a Asturias para con suerte conocerte, eres su primera nieta. Yo estaba de 40/41 semanas, así que seria cualquier día, algo dentro de mí sabía que hasta que no se marchase mi padre no me pondría de parto no se porqué pero así fue. Era domingo por la tarde, 5 de abril, el último día que estaba tu abuelo aquí y estábamos tomando algo en el bar del gatín.

En realidad se llama Casa Eleuterio, pero desde pequeñas mi prima María y yo lo llamábamos así porque nuestra abuela, tu bisabuela MariLuz, nos solía llevar allí de niñas y debimos ver un día un gatín y lo bautizamos como el bar del gatín. Como ves, es un sitio que tiene un significado especial para mí, mi recuerda una época feliz de la infancia así que fue un regalo lo que pasó allí a continuación. Estábamos sentados en una mesa de piedra de la terraza, tus tíos abuelos, Pepin y MariPaz, tu abuelo Roberto, papá y yo cuando de repente sentí como que me meaba. No dije nada y fui rápidamente al baño, no parecía pis, apenas tenía olor y era más líquido que el flujo ¿acababas de romper la bolsa? No me lo podía creer ¡qué alegría! ¡Pronto estarías en nuestros brazos! Me puse un poco de papel en las bragas y salí con la duda de si contarles la noticia a todos o guardármelo, no tenía contracciones así que no sabía cuanto faltaría pero sabía que me notarían en la cara la buena noticia así que no lo dudé, llegué y con una sonrisa inmensa les dije que acababa de romper aguas. Seguidamente llamé a Valle para darle la noticia a ella también, yo estaba tremendamente contenta. Decidimos cambiar los planes y en vez de ir juntos a cenar, nos despedimos ya, y papá y yo nos pusimos en marcha a casa. Eran alrededor de las 8 de la tarde, papá estaba algo nervioso, no sabía qué iba a pasar, incluso bromeamos sobre qué pasaría si pariese en la furgoneta, era realmente improbable, ya que como digo no tenía aún ni contracciones. Pero bromear con ello nos hacía ilusión Jana, ibas a nacer pronto y sentía taaaanta curiosidad por todo. 

 

Llegamos a casa y todo fluyó normal, al principio estábamos un poco impacientes por el hecho de que tu abuela MariLuz, mi mamá, me hubiese parido tan rápido, siendo yo la primera (como ella dice su mayor, mediana y pequeña, ya que fui la única). Así que cada noche al acostarme me dormía con la ilusión de despertarme como ella 25 años atrás, de madrugada, con contracciones intensas, y a las pocas horas tenerte en brazos. Digo cada noche porque fueron 4 noches, hasta el miércoles, 8 de abril, no empezaron las contracciones. Si al principio teníamos un atisbo de impaciencia ésta se fue esfumando al paso de las horas y se convirtieron en unos días de vacaciones y tranquilidad absoluta, papá no fue a trabajar esos días porque no sabíamos cuando empezaría el parto y queríamos estar juntos. Fueron unos días bellos, de paseos por el pueblo, tardes de sofá y cocinar tiramisú.

 

El miércoles, cuando comenzaron las contracciones papá estaba segando el prao (al igual que hoy casualmente, sólo que hoy te lleva en su espalda) mientras, yo me puse a mecerme en la pelota en medio del salón, eran contracciones suaves, pero un poco molestas, la pelota me ayudó a que las disfrutase, lo recuerdo con paz e ilusión ¡estaba de parto! Por fin iba a vivir la experiencia de parir, iba a ser maravilloso, si no, orgásmico. Cuando papá acabó, de segar, el olor a hierba húmeda recién cortada me inundó, las contracciones se pararon un poco, era el principio, no había prisa. Seguí en la pelota, papá encendió la estufa de leña (que entonces la alimentábamos de carbón) y me puse con mi pelota en el pasillo, frente al fuego. Sobre las 11/12 de la noche le dije a papá que llamase a Valle, aún no eran contracciones muy intensas pero si que habían aumentado y ya que tu amigo Martín entonces no tenía ni 2 meses cumplidos me pareció más cómodo para ellos que pasasen la noche en casa mejor que despertarlos de madrugada. Antes de que llegasen ocurrió algo que durante el embarazo temía, no tiene mucha importancia para ti, Jana, ya que eres muy valiente y no compartes mis miedos pero mamá es aracnofóbica y mientras botaba en la sanadora pelota la ví, una araña se posó delante de mí, grité, papá la mató y se pararon las contracciones. Al rato llegaron Valle, Seba y Martín, era tarde así que se fueron a la cama, papá y yo también decidimos acostarnos y descansar pero las contracciones no me dejaban dormir. Sobre las 5/6 de la mañana mis gritos despertaron a Valle, sonaba realmente como una mujer de parto, pronto nacerías, fantaseaba que igual nacerías a la misma hora que yo, con el sol, a las 7 de la mañana… Cómo todo parecía estar bastante avanzado me ofrecieron meterme en la piscina de partos, qué por cierto ya estaba lista y ni siquiera recuerdo ahora mismo en que momento la montó papá y comenzó a llenarla. Estaba tan centrada en la pelota y nuestras contracciones que no veía más allá. La primera sensación al meterme en la piscina fue cómo: Vale, esto está mucho mejor que tumbada en la cama, y tan agusto nos quedamos que llegue a dormirme, no se ni cuánto tiempo ni cuántas veces… A partir de aquí ya empieza a ser un poco confuso en mi memoria qué pasó antes o después… Sé que en algún momento me quite las gafas y ya no me las volví a poner hasta que naciste, para poder verte con todo detalle. Así que no tengo muchos recuerdos visuales, porque entre mi aguda miopía y haber cerrado los ojos la mayor parte del tiempo no veía un pijo. 

 

Papá estaba con nosotras en todo momento, eso sí que lo sé, y puedo decir que es un espléndido matrón ¡era el que mejor encontraba tu latido con el doppler! Y aun estando cansado nos dio el mejor apoyo que pudimos tener.

 

En torno a las 10 de la mañana, mi moral fue decayendo poco a poco, sabía que eran las 10 porque a esa hora llegaba Gwen, matrona y amiga, al aeropuerto que está a 10 minutos de casa, siempre pensamos que para ese entonces ya estarías enganchada a la teta y descansando del viaje que acabarías de hacer pero no fue así, quisiste esperarla.

 

Las siguientes horas no las recuerdo como duras fisicamente, las contracciones eran llevaderas, lo más duro era el peso emocional, el dudar de mí misma de que algo no estaba haciendo bien, la dichosa culpa… Durante esas horas saboreé delicioso tiramisú (que había hecho el día antes), aprovechamos para salir al jardín a ver si así las contracciones volvían a ser más regulares, pese a que me dio muuuucha pereza vestirme, el paseo no estuvo mal y mientras caminaba por el prao ví unas cuantas de mis amigas (las arañas) y mi reacción fue totalmente distinta a la de antes, las miraba corretear por la hierba y no me molestaban en absoluto, eso me ayudó a reforzar mi confianza, estábamos mucho más cerca Jana, de lo que mis miedos me hacían creer. Volvimos a entrar en casa y me desvestí apresuradamente, la ropa molestaba, sobraba… 

 

Entorno a las 4 de la tarde Valle me hizo una clara pregunta que recuerdo como si hubiera sido ayer, me dijo: "Raquel ¿qué quieres hacer? ¿Quieres parir o quieres descansar?" No lo dudé ni un segundo ¡parir! Entonces nos pusimos manos a la obra para darle alegría a las contracciones que por aquel entonces eran cada 15 o incluso 20 minutos. Recuerdo que fui al baño, y comencé a estimularme los pezones y hacer presión en el interior de los tobillos para acelerar las contracciones. Y efectivamente, pronto empezó a hacer efecto, no se cuanto tiempo estuve allí, en el baño, con la cabeza apoyada en la tapa del wáter. Me acordé entonces de una mamá que dio a luz en esa misma postura y pensé que tú también nacerías así; me acordé también de tú tatarabuela, güelita, quien contaba que con su segunda hija, tú bisabuela MariLuz, había nacido escurriéndosele casi de las manos y años más tarde, tu bisabuela MariLuz, vivió algo parecido en su segundo parto también, estando sentada en el wáter casi se le escapa el bebé… Con esos pensamientos en mi cabeza comenzó a salirme abundante flujo manchado de sangre, llamé a Valle ¡hay sangre! grité, con ese dramatismo que me caracteriza jeje Era completamente normal, estabas acercándote Jana, pero quería ir avisando de todo y así facilitarle a Valle el trabajo de documentar.

 

La siguiente etapa, es sin duda la que más me asustó, no sabía cómo ponerme, ni que hacer para soportar las intensas contracciones que vinieron a continuación, eran seguidas, una detrás de otra, sin tregua, duraban más de un minuto, el dolor no cesaba. Salí del baño y busqué a papá (o él me buscó a mí) y me sujetó por la espalda, estábamos en nuestra habitación, no sabía si tumbarme, acostarme, estirarme…  entonces me acordé de tus abuelos Jana, mis padres, como la abuela MariLuz desde niña me había contado mi nacimiento era imposible no recordarlo en mi propio parto, sabía en que postura estaba ella cuando nací así que imite esa postura pensando que me ayudaría y que sería bonito dar a luz en la misma posición, pero aún no era el momento… Viendo que nada me aliviaba me animaron a entrar de nuevo en la piscina, en esta ocasión, ya no existía la posibilidad de dormirme, las contracciones no cesaban y cuando venía una me hacía levantarme (no se cómo me verían desde fuera) pero mi sensación era de querer salir de mi misma, de incomodidad, de lucha… Todos estaban a mi alrededor (aunque no los veía, los sentía, sabía que estaban con nosotras) Gwen, Seba, Martín, Valle, papá, Jack (tú hermano mayor, nuestro rottweiller que por entonces tenía 8 meses) y Midori (tú hermana y amiga, gatita de apenas 4 meses por aquel entonces) no sabían qué hacer para ayudarme, y en realidad no había nada que se pudiera hacer, así que el papá de Martín, Seba, me animó a llamarte al igual que había hecho nuestra amiga Tamara llamando a su hija Antea en su parto. Así que te llamé, realmente sin pensar que eso nos ayudara, pero lo hizo, sí que lo hizo, te llamé y me escuchaste, viniste. Metí los dedos en mi vagina y toqué tu cabeza, eso me hizo la mujer más feliz del mundo, ¡estabas ahí! ¡Ibas a nacer! ¡Era real!

 

A partir de ahí mi ánimo cambio totalmente, se renovaron mis energías, estaba entusiasmada y fue un placer que nacieras. Todo fluyó rápidamente, cuando noté el quemazón en el periné, estaba a 4 patas apoyada en el borde de la piscina y sabía que no tenía que empujar, que tenía que hacerlo despacio, protegiendo mi periné. Valle también me lo recordaba a mi lado pero todo mi cuerpo empujaba y quería acabar ya, así que seguía empujando por voluntad propia aun sabiendo que no debería, hasta que el quemazón era tal, que sentía que me rompía y entonces paraba y respiraba, así debieron ser 3 o 4 contracciones más hasta que asomaste la cabeza por completo, y minutos después el cuerpo, tenías una vuelta de cordón que Valle te quito y te abracé ¡ya estabas aquí! Eran las 19:58, estabas tan exhausta que hizo falta que Valle y yo te ayudáramos a empezar a respirar, ni papá ni yo nos asustamos, sabía que estabas bien y papá al verme tranquila supo que todo estaba bien.

 

A los pocos minutos quise salir de la piscina, no estaba cómoda ya, quería tumbarme en nuestra cama, los tres. Al salir, la placenta se desprendió tan rápidamente que no me dio tiempo a avisar y al pasar por la puerta del salón cayó nuestra placenta salpicando a los demás gotitas de sangre, lo cual se ha convertido en una divertida anécdota. Después revisando la placenta y el cordón descubrimos que tenías un nudo verdadero lo cual (que yo no sabía) es bastante raro, en la impronta que hicimos días después quedó reflejado el bonito nudo, pero ese jueves, 9 de abril, ya había sido suficiente…

 

Nos tumbamos en la cama y mi sensación era que ya lo tenía todo, no necesitaba nada más, estábamos los tres juntos. Papá y yo no parábamos de mirarte, embelesados, emocionados, enamorados; mientras, los demás recogían y limpian la casa muy amablemente. Nos hicieron pasta para cenar (uno de nuestros platos favoritos, como ya sabes) y nos despedimos, todos estábamos cansados después de tal aventura y yo al menos tenía el chute de hormonas el cual me otorgaba poderes mágicos. Cenamos los tres, tú seguías mamando sobre mi pecho desnudo, y nosotros la pasta ¡que me supo a gloria! Acto seguido, nos metimos en la cama, a dormir, había sido un día único e irrepetible, el más heavy y apoteósico de mi vida, grandioso. Me dormí y me desperté con una sonrisa espléndida en mi cara.

Raquel, Diciembre 2016

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