Nacimiento de Martín

El día 11 de Febrero del 2015 ¡nació en casa nuestro bebé! Fue un parto intenso, largo como yo quería, íntimo, dulce... El sol de un día despejado se colaba por las ventanas bañándonos de luminosidad. En el calor del agua de la piscina de partos, en el ambiente caldeado por la leña de la chimenea, nació nuestro niño envuelto hasta el último momento en la bolsa de las aguas.

Ahora más que nunca pienso en todos los padres que han estado PRESENTES en los nacimientos de sus hijos, me recuerdo a mi misma dicéndoles que su pareja recordaría toda la vida como él la acompañó en el parto, y agradezco cada segundo de masaje que Seba me dió, cada caricia, cada beso... Y aquí estoy, perdidamente enamorada de los dos chicos de mi vida.

Sabía que era una experiencia intensa, la había presenciado tantas veces... pero vivirla ha sido mil veces mejor de lo que esperaba.

Valle, Marzo 2015

Me ha llevado mucho tiempo sentir que tenía el tiempo de sentarme a escribir tu parto Martín. La experiencia absolutamente nueva de gestarte, parirte y criarte me sobrecogió. El recuerdo ya ha cambiado cientos de veces, perdiendo detalles, añadiendo conclusiones, como cada historia, refleja el eco del recuerdo en el momento en que se escribe cada palabra. Tu relato es un puzzle de varios momentos, de tus primeros meses, de pocos días antes de que naciera tu hermano y de este instante. 

No cambiaría tu parto por nada del mundo, no le quitaría una hora de tiempo, una pizca de intensidad o un segundo de miedo.

Bromeábamos con que nacerías con la primera nevada del año y el viernes 6 de febrero del 2015 amaneció el prado cubierto de blanco. Para mí la nieve significa atemporalidad, el tiempo que se detiene en el lento caer de los copos.

 

Sonreímos y nos pusimos a retocar los últimos preparativos y unas horas más tarde empezaron unas contracciones dulces e indoloras que nos indicaban que el parto se acercaba sin prisas.

 

Y aunque la nieve no tardo en derretirse, el tiempo se detuvo durante varios días. La barriga se me ponía dura con frecuencia, pero no ganaban intensidad, desaparecían a ratos volviendo más tarde, suaves pero presentes.

 

Cada noche nos acostábamos ilusionados pensando que tú nacimiento nos cortaría el sueño y cada mañana nos despertábamos sorprendidos de que no hubiera cambios, de que siguieras sin prisa dentro de mí.

 

Cuando la noche del quinto día con contracciones se acercaba teníamos la sensación de que aún podías tardar semanas. Recobramos ánimos hablando con Marta y decidimos seguir jugando a que sería esta noche. Volvimos a encender la chimenea, hinchamos la piscina y poco después de acostarnos empezaron las contracciones.

 

Suaves al principio, buscando en la cama una posición cómoda después y finalmente reconociendo que esas contracciones eran distintas a las de los 5 días anteriores.

 

Sabía que era pronto pero a las 03:00/04:00 decidí levantarme para avisar a Raquel y a Luna. Seba se levantó conmigo y empezó a preparar la piscina. Habíamos comprobado que el adaptador de la manguera encajaba en el grifo, pero seguramente no lo probamos con el agua abierta a tope, y ahora perdía un montón de agua...

 

Seba se enfadó un montón frustrado por encontrarse con esa dificultad y yo caminaba entre el baño y el salón, con contracciones más fuertes pero muy llevaderas, dándole pequeñas ideas que se me venían para resolver el tema del grifo.

 

Se arregló no recuerdo como, y con la piscina llenándose y Raquel y Luna en camino, volvió la tranquilidad.

 

Ellas no tardaron en llegar y Seba estaba preparado un tiramisú cuando las recibimos. Recuerdo estar comiendo un batido de frutas, sentada en la pelota de partos, cuando Raquel embarazada de Jana entró por la puerta con una sonrisa enorme en la cara. Eran las 6 de la mañana más o menos.

 

Tras terminar el tiramisú y charlar un poco decidimos que era buen momento para intentar descansar todos. Volvimos a la cama a buscar postura, a mimarnos... hasta que las contracciones se volvieron claramente más potentes.

 

Escuchando el cambio en mi voz Raquel y Luna bajaron a acompañarnos, no mucho más tarde la luz de la mañana empezó a colarse por las ventanas.

 

De ese momento en adelante tengo pocas imágenes y lo que quedó impreso en mi memoria fue la sensación de luminosidad de un espléndido día de invierno bañando la luz de mis párpados cerrados. Esta es la sensación que más me marcó de tu nacimiento Martín, el calor del sol colándose por las ventanas, la luz intensa de sus rayos sobre mis párpados.

 

Seba empezó a darme un masaje en las lumbares y la intensidad de las contracciones se hizo mucho más manejable, mucho más fáciles de llevar. Me sentí enormemente agradecida y feliz de tenerlo ahí a mi lado.

 

Recuerdo que era intenso, pero ya no recuerdo esa intensidad, sólo la luz tras los párpados y la fuerza y cariño en las manos de Seba.

 

Las contracciones fueron haciéndose más potentes, recuerdo hacer un esfuerzo enorme por relajarme cuándo la ola venía, por respirar profundo y desde la cabeza intentar relajar el cuerpo. Recuerdo decirle a Raquel frustrada ¡no consigo relajarme! Y pensar en todas las mujeres a las que había dado tan inaccesible consejo.

 

No sé si Raquel o Seba me lo recordaron, o si en un momento de lucidez mi cabeza aceptó que no había nada que yo tuviera que controlar, que intentar relajarme era un esfuerzo en balde, que lo único que tenía que hacer era dejarme arrastrar sin resistencia.

 

Me metí en la piscina esperando el alivio y placer del que tantas mujeres me habían hablado y me sentí terriblemente defraudada. Por muy agradable que fuera el agua el masaje era lo único que me hacía sentir que la intensidad no me desbordaba. Así que, después de algún intento de Seba de darme masaje desde el borde de la piscina, decidí salir.

 

Ellos miraron mi línea púrpura, a mí no me hacía falta nada más para saber en qué punto estaba. Entendí esa sensación de límite con el cuerpo, supe que podía con eso y un poquito más, supe que ya estaba casi en la cima, supe que ese rato de máxima intensidad duraría poco, y así fue.

 

Recuerdo ese rato con descontrol absoluto, pidiéndole a Seba masaje con mucha fuerza en las lumbares y el sacro, apoyándome sobre Raquel, y preocupándome entre contracciones por apretarle la barriga. Recuerdo mi voz saliendo de mí sin tapujos, sin filtros.

 

Cuanta más presión en la espalda más alivio sentía así que le pedí a Seba que lo hiciera con todas sus fuerzas y no dejaba que se alejara de mí ni un minuto.

 

Recuerdo la presencia de Raquel a mi lado. Tranquila, dulce, alegre como siempre, completamente presente. Recuerdo su contacto suave y sutil, sus manos atando mi pelo, sus brazos arropándome en los momentos más duros.

 

Recuerdo a Luna, invisible detrás de la cámara, creando desde su punto de vista esos bellos recuerdos que ahora se entrelazan con los míos.

 

Recuerdo el calor del sol y de la chimenea, la sensación de estar dentro de mi nido, el vivir el momento sin prisas.

 

Tras ese rato de estar al límite, llegó la calma. Pese a tener ganas de dormir entre contracciones, me dolían los muslos de tanto compensar la fuerza de Seba en mi espalda, y decidí tumbarme en la cama. Creo que conseguí dormir algo entre contracciones.

 

Recuerdo a Raquel preguntándome sí las contracciones se habían hecho más suaves, confirmando conmigo que estábamos en transición tranquila. Recuerdo tocar la cabeza de mi bebé, cerca, accesible. Sentir que quedaba poco para conocerlo, pero por ahora no tenía ganas de empujar, no había prisa.

 

Las horas fueron pasando y yo les prometía a todos que nuestro bebé nacería pronto. Sabía dónde estaba, me daba igual cuánto tiempo significaba pronto. No me preocupó en absoluto el pasar de las horas, ni sentí que a nadie de mi alrededor le preocupara. Sólo reconocía el pasar del tiempo en sus caras cada vez un poquito más adormiladas.

 

Volví a meterme en la piscina por el placer de sentirme a flote y dar descanso a mis piernas cansadas. Sentía que habían hecho tanto esfuerzo que casi me dolían más que las contracciones, ya que éstas venían y se iban, dándome momentos de descanso. Le pedí a Seba que se metiera conmigo para poder seguir dándome masaje.

 

Recuerdo que pusieron una cámara fija para grabar el nacimiento y Seba dijo: ¡hay espacio de sobra, tiene para grabar más de 3 horas! Y en lo que para mí fue un ratito escuché el comentario de que ya no tenía espacio. Si no me falla la memoria ¡eso pasó dos veces!

 

La luz se fue escapando tras las montañas nevadas y con la caída de la noche empezaron las ganas de empujar, la sensación de quemazón y el cantar a boca abierta. 

Yo misma protegía mi periné pensando que esa sensación potente de tensión era el aro de fuego que iba aumentando. Aún no tenía ni idea de lo clara e intensa que sería esa sensación, así que protegí mi periné durante seguramente más de una hora ¡o dos!

 

La cabeza de Martín, que había tocado ya muy cerca hacía 6 o 7 horas, ahora avanzaba con claridad. La bolsa de las aguas, que aún le protegía, empezaba a asomar delante de su occipucio.

 

Recuerdo que en ese momento me puse instintivamente con el pecho pegado al borde de la piscina y las piernas juntas y estiradas. Recordé a una mamá que hacía un año había hecho lo mismo. Con el culo mucho más alto que mi cabeza, la presión en el periné se reducía muchísimo y el aro de fuego quemaba un poco menos. 

 

Poco antes del nacimiento volví a ponerme de rodillas dentro del agua y escuchamos el latido de tu corazón perfecto. La bolsa rompió con la salida de tu cabeza, protegiéndote hasta el último instante, así te toqué con las manos por primera vez Martín.

 

Pocos minutos después nació todo tu cuerpo y tu nadaste hasta mis brazos. En el momento de nacer tenías muy buen aspecto y no dejamos de mirarte y acariciarte, fascinados por tenerte aquí con nosotros.

 

Ese primer minuto pasó volando y tu aún no respirabas. Te frotamos la espalda, te hablamos tranquilamente para animarte a llenar tus pulmones de aire, a llenarlos por primera vez en la vida. Raquel tocó tu cordón umbilical con incredulidad, y poco después lo hice yo, no había pulso. 

 

Durante unos segundos sentí el pánico apoderarse de mi ¡no puede ser verdad que me vaya a tocar aprender esta lección! ¡no puede ser que hayamos llegado hasta aquí para perderte! Recordé a mi madre diciéndome como los bebés en estas situaciones necesitaban crear un vínculo fuerte con su madre... y la culpa, por no ser una de esas madres enamoradas de su bebé desde el instante en que saben que está dentro de ellas, caló hondo.

 

Tu me mirabas con tus grandes ojos bien abiertos y yo decidí que crearía nuestro fuerte vínculo en ese instante. Te acaricié, sentí el olor de tu cuerpo, el tacto de tu piel... toda mi atención te observaba en detalle, te decía en silencio ¡te quiero mi pequeñín, quédate con nosotros! Puse mi boca sobre tu boca y llené tus pulmones de aire varias veces.

 

El miedo desapareció y me inundó una confianza que iba más allá de la razón, la certeza plena de que estabas bien, sólo necesitabas un poco de ayuda. Paré de darte aire para ver como estabas, hiciste un pequeño ruidito en un esfuerzo de empezar a respirar y yo tocando tu pecho noté que tu corazón tenía buen latido. Eso fue tremendamente tranquilizador. Seguí dándote aire boca a boca durante varios minutos y aunque aún no respirabas veía que te esforzabas por quedarte con nosotros. Recuerdo que llegué a dudar de si estabas respirando y super tranquilo, o si aún no conseguias respirar, Seba me incitó a seguir dándote aire y poco después lloraste alto y claro. 

 

El ambiente cambió en ese instante, la tensión desapareció de golpe, todos sonreimos aliviados, felices, agradecidos... el ambiente se llenó de la alegría de todo nacimiento, como si el tiempo simplemente se hubiera parado durante unos minutos. Descubrimos en ese momento que eras un niño y Seba y yo pasamos un rato dentro de la piscina contigo, aprendiendonos cada uno de tus gestos, enamorándonos de cada uno de los detalles en tu piel, mirándote profundamente a los ojos.

 

Nuestra placenta salió con facilidad en cuclillas poco después de salir de la piscina y juntos nos tumbamos en nuestra cama, contigo desnudo sobre mi pecho. Me sentía llena de energía, llena de alegría, capaz de cualquier cosa.

 

Cené pizza y tiramisú hechos en casa sin quitarte los ojos de encima mientras mágicamente Seba, Raquel y Luna ordenaban la casa. Y poco después nos fuimos a dormir. Te recuerdo dormido sobre el pecho de Seba, recuerdo sentirme profundamente enamorada de ambos. 

 

Gracias Luna, por la belleza con la que miraste nuestro parto y la plasmaste en fotos, fuiste invisible, discreta, nunca me sentí observada.

 

Gracias Raquel, por la tranquilidad que me transmitiste, por tu mano cálida, por tu sonrisa alegre, por confiar tanto como yo en que mi cuerpo sólo necesitaba tiempo, por recordarme que podía expresar lo que sentía sin hacer ningún esfuerzo por relajarme, por atarme con cariño el pelo, por ser mi compañera de viaje con Jana en tu vientre. No podría encontrar mejor mujer para estar a mi lado en el parto.

 

Gracias Seba, por no separarte de mi ni un instante en este día en que pasamos de ser pareja a familia. Gracias por ser todo lo que anhelaba de ti en ese día y más, por confiar sin dudas, por las palabras de ánimo en los momentos más intensos, por las caricias entre contracciones y las 12 horas de fuerte masaje en mis lumbares con la subida de cada ola. 

 

Me alegro de haber tenido la intimidad y el tiempo que necesitábamos para recibirte, me alegro de haber sido yo quien con mis propios labios te animó a coger aire. Precisamente porque fue difícil, me alegro enormemente de que nacieras en el calor de nuestro hogar, porque aquí no nos separamos ni un instante. 

 

Gracias Martín, por todo lo que sentí cuando estabas dentro de mi, por todo lo que aprendí en la intensidad de tu parto, por enseñarme a ser madre cada día desde entonces.

Valle, Diciembre 2016

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