Nacimiento de Mateo

Descubrimos que estaba embarazada de ti, Mateo, cuando Martín aún no había cumplido el año, y tras semanas y meses de sospechas crecientes, el 18 de enero del 2016 me desperté, y tocando mi barriga noté mi útero hinchado. Seba y yo escuchamos el latido de tu corazón como prueba de que estabas ahí, creciendo para estar con nosotros. 

Saberte dentro de mi me dio la escusa que necesitaba para enfocarme en el aquí y ahora, para entender que éste era el tiempo para centrarse en nuestra pequeña familia. Me ayudó a priorizar y reconocer lo que es importante para mi, a pedir con claridad lo que necesito, me empujó a ser aún más yo misma, sin tapujos, sin endulzantes...

 

Los meses que siguieron fueron muy placenteros, como si compartiéramos la calma de las profundidades del mar, tranquilos por mucho que arriba, en la superficie, se agiten las olas.

Pocas personas sabían la fecha posible de parto cuando estaba embarazada de Martín, pero contigo Mateo, no la sabíamos ni siquiera nosotros. Fue divertido guiarme por como crecías para estimarla, por tu cabeza encajada, por la sensación de plenitud del final del embarazo, y dejar que la intuición nos diera avisos.

Una semana de contracciones regulares e indoloras 15 días antes de tu nacimiento nos ayudó a ponernos las pilas, a rematar lo poco que quedaba, a sentir que estábamos listos para tu llegada un poco antes de lo previsto.

Sabía que iba a ser un parto rápido, mi cuerpo aún tenía reciente el nacimiento de Martín. Esta vez, sin embargo, no me importaba tanto cuanto durara y ahora entiendo que si es largo se recuerda como unas horas y si es corto se saborea al máximo, ahora entiendo que dure lo que dure, en el parto no existe el tiempo.

El nacimiento de Martín me hizo valorar enormemente el apoyo de Seba, las horas de masaje y presencia, que me ayudaban a sentir que la intensidad del parto no me desbordaba, que lo hacíamos los tres juntos. Tu parto Mateo, me hizo sentir poderosa, me centró en el presente, en la atemporalidad de estar atenta y disfrutar de cada contracción y cada pausa con tranquilidad y aceptación.

El día en que naciste, el 27 de Junio del 2016, a las 06:20 am, cuatro horas antes de tenerte en brazos, empecé a escribir esto en mi libreta:

"Ayer fue un día tranquilo, día de huerta y comer con los abuelos, día de siesta excepcional de Martín, casi 3 horas y media. Ayer se despertó y leímos, jugamos, nos abrazamos... lo vi maravilloso, dulce, pequeño, grande, feliz... y pensé que podría ser hoy el día en que me pongo de parto. Sentí esa atemporalidad que sentí los días con contracciones la semana pasada y me sentí con todo mucho más preparado.

La larga siesta de Martín ayudó a que a las 00:30 aún siguiera jugando, mientras nosotros en la cama le esperábamos charlando. Entonces sentí como un pequeño crujido dentro de mi barriga, y un segundo después note un chorro de agua. Me levanté de golpe de la cama para no mojarla y goteé líquido claro hasta el baño.

Nos quedamos despiertos un rato, aún sorprendidos por la noticia, nerviosos, alegres, activos, pero sabiendo que ese era el momento de descansar.

Me despierto varias veces durante la noche y noto contracciones indoloras cada rato que estoy despierta. Sueño que entro en el océano, cogida de la mano de Raquel. Dejo que el agua me acune, me arrastre, anclada y segura agarrada a su mano. Me despierto con una contracción y una sonrisa en los labios."

 

(Raquel era quien nos iba a acompañar en el parto, pero la animé a irse de vacaciones a Suiza la última semana de Junio, ya que era la única en que podía, y yo pensaba que sólo estaba de 37 semanas... seguramente eran 39 en vez de 37, pero como no teníamos fecha de última regla, ni ecografías mi tendencia a tener barrigas pequeñas nos hizo pensar que estaba de menos semanas)

"Noto que nuestro bebé se mueve muchísimo, toco mi barriga plena y le animo a prepararse para el viaje, a ponerse cómodo/a, sé que no tardará en estar en nuestros brazos. Hace un amanecer precioso, lleno de luz y de verde, lleno de sonidos de pájaros. Veo el sol a través del tupido follaje del ciruelo, veo el rocío brillar sobre el prado y las hojas. 

Las contracciones vienen cada 5 minutos, obligándome a dejar de escribir y concentrarme en ellas. Me muevo, dando dirección a esa sensación. Pienso en mi amiga Deva que en este momento está en India, y giro mis caderas haciendo círculos en la dirección de las agujas del reloj. Son punzantes, potentes, como si notara con precisión como los huesos de mi pelvis se abren para hacer hueco. Tras unos segundos de movimiento la sensación de dolor fluye, se mueve y se va, aunque mi barriga sigue dura."

 

(Hacía un mes que había hablado con Deva sobre el dolor, sobre eliminar la idea de que es algo negativo, simplemente sentirlo, y dejar que fluya dándole dirección con el movimiento. Con cada contracción comprobaba la magia de esa afirmación, sentía como mi cuerpo se relajaba y la intensidad de la contracción se disolvía con cada giro)

 

"Me da una sensación de control que me hace sentir poderosa, pero a la vez sé, que una vez más, llegará el momento en que aunque fluya con él, tendré que rendirme, que soltar las riendas, que dejarme desbordar por la sensación que me ayudará a entrar en el trance de este parto. 

Voy a despertar a Seba. Ahora todo empieza, renace, reinicia... empezamos otra etapa de la vida, los cuatro juntos."

Disfruté mucho del silencio antes de despertar a Seba, del saber que estaban ahí entre sueños y yo estaba a la vez acompañada y en placentera intimidad conmigo misma. No necesitaba hacer ningún ruido, sólo dejar de escribir y observar, para centrarme en mi cuerpo cuando la contracción llegaba. 

Las contracciones ganaron intensidad y sentí que el cuerpo me pedía más movimiento para saltar con cada ola. Los giros de mis caderas dejaron de ser ordenados y se volvieron algo caótico, instintivo, salvaje, desorganizado... y el dolor volvía a desaparecer con facilidad. No sentí la necesidad de escuchar tu corazón, te notada moverte dentro de mi cuerpo, sentía con profundidad que estabas bien, que todo iba bien.

Empecé a agitar todo mi cuerpo al principio de la contracción, y sentía como así cada músculo se relajaba. No sólo lo hacía por instinto, sabía cuanto me estaba ayudando moverme, y con cada contracción su eficacia me animaba a seguir haciéndolo con la siguiente. 

 

Cuando desperté a Seba eran las 08:00 y le dije que, aunque no lo pareciera por mi cara y lo bien que llevaba las contracciones, el parto ya estaba avanzado y sentía que iba a ser rápido. Mientras él preparaba la manguera ¡yo barrí la casa para sentir el suelo limpio bajo mis pies descalzos!


Decidí que me apetecía una ducha y me metí bajo un buen chorro de agua muy caliente. La sensación más placentera del mundo. Sentí que me alivió y me relajó tanto que apenas sentí la siguiente contracción y pensé ¡pues si que ayuda el agua en los partos que duelen de barriga! La siguiente vino fuerte y me agarré a lo alto de la mampara, moviéndome de nuevo y con el agua caliente sobre mi espalda. Salí antes de que el agua se volviera templada y vi que Marina, la amiga que cuidaría de Martín, acababa de llegar, eran las 08:30. Como Martín dormía ambos se concentraron en preparar la piscina. Yo sentí que había demasiado ajetreo dentro de casa y decidí salir a desayunar afuera. Recuerdo pensar que me seguía apeteciendo estar sola, y que me daba un poco de vergüenza que me miraran haciendo los movimientos tan extraños que hacía.

Afuera hacía una mañana fresca y hermosa y busqué la zona del jardín donde daba el sol. Cuando me puse a desayunar ya no tenía ganas de comer, pero aún podía hacer el esfuerzo. Para mi sorpresa, la leche de arroz con cereales me supo de maravilla, así que comí sin hambre pero con disfrute.

Las contracciones eran ya más intensas y empecé a gemir tranquilamente con cada contracción. Pensé si me oirían desde la casa y así se darían cuenta de que todo iba rápido.

Entre las contracciones comía sentada cómodamente, observaba la naturaleza en torno a mi, sentía con los cinco sentidos, a mi bebé moverse dentro, al mundo mecerse fuera.

Una de las sensaciones más bonitas para mi del parto de Martín había sido la luminosidad del sol de un día de inviernos tras los párpados y evocando ese recuerdo me puse de cara al sol con los ojos cerrados. Sentí un calor agradable empaparme el cuerpo y observé durante largos minutos los colores que el sol pincelaba en mis párpados, del amarillo claro al rojo intenso. Agradecí a mi bebé este parto fácil y hermoso, estábamos a solas y no necesitábamos a nadie más, sólo estar juntos prestando atención al fluir de la vida en ese día único en que todo vuelve a empezar.

Entré en casa para posar el tazón, y viendo que el ajetreo seguía, decidí quedarme en el porche. Las contracciones allí se volvieron más fuertes. Tuve la certeza de que no iban a ser más intensas de lo que eran y usé más que nunca el recurso del movimiento. La sensación de que mi pelvis se partía para abrir camino a mi bebé era tan intensa que en mi memoria hace pequeño el dolor de la contracción. 

Mis movimientos eran más irracionales que nunca y aún agarrada a la barandilla del porche seguí en cuclillas, esta vez abriendo al máximo las rodillas y echando mi tronco hacia atrás. Pensé, seguro que esto me lo está pidiendo el cuerpo para abrir la entrada de la pelvis, y para mi fue otro dato que confirmaba que estaba casi en dilatación completa. 

No tardé en sentir que las contracciones se volvían más dulces y se espaciaban. Me sentía tan centrada en el momento que los minutos entre una contracción y otra se me hacían largos y volví a pensar, gracias por este parto, por esta atemporalidad, por este tiempo de descanso entre ola y ola. 

Y empezó a entrarme el sueño. Ahora que sentía la cabeza de mi bebé bien encajada en la pelvis, me tumbaba en el suelo, con la cabeza sobre la madera y el culo ligeramente en alto y notaba el alivio de la presión que sentía cuando mi pelvis se abría.

Marina salió y empezó a darme masaje en la espalda, un masaje suave y cariñoso. Entre contracciones me tumbaba acurrucada en el sillón y casi sentía que tenía tiempo para echar una siesta. Ya estaba en transición. 

Martin se despertó y entramos en casa. Movimos el sofá pequeño del salón y así deje libre el espacio debajo de la tela que había cosido y usado Tamara en su parto. Me colgé de ella y esta vez sí que sentí el alivio que ella, Belén y mi madre me habían contado.

 

He visto a muchos hermanos mayores estar presentes durante el parto, todos transmitían tranquilidad, aceptando lo que ocurría con la normalidad de lo cotidiano, pero tal vez porque Martín era más pequeño que el resto, se asustó más de lo que yo esperaba. Cuando me oía gemir/gritar me miraba con pena y lloraba. Entre las contracciones yo volvía a abrazarlo, a darle teta y a decirle sonriente que todo estaba bien, que su hermanito/a estaba a punto de nacer ¡habría sido buena idea hacer el role-playing del parto más en serio! Aunque me daba pena cuando se asustaba, era importante para mi, y un placer tenerlo cerca.

Al poco me subí a la cama a cuatro patas, con una alfombra de empapadores bajo mis rodillas y sentí que la cabeza de mi bebé estaba justo detrás de mi sínfisis. Las ganas de empujar, sutiles al principio, se hicieron cada vez más patentes. Le dije a Seba que dejara la piscina y se quedara a mi lado, no estaría lista a tiempo. Me ofreció meterme, pero había poco más que un fondo de agua. 

Seba trajo el doppler manual para escuchar como le había pedido en expulsivo y el latido de nuestro bebé se hizo oir con fuerza. No había dejado de notarle moverse en todo el proceso. Tal vez al no escuchar yo estaba más atenta, tal vez él se movía para reafirmarme que todo iba bien. 

El expulsivo fue para mi la parte más difícil. La sensación de que me partía era arrasadora y la posición en la que estaba era cómoda pero no me permitía tanta movilidad como antes. 

Cada pujo que yo hacía Seba me protegía el periné, recordándome con el tacto que fuera despacio, que no había prisa. En algún punto entre los pujos llegó Luna, que iba a hacer las fotos, y me alegré de que estuviera con nosotros y no se lo hubiera perdido.

La intensidad se volvió tal que supe y dije que nacería con la próxima contracción y mirando hacia mi barriga vi asomar tu coronilla, tu cabeza entera y tras ello tu cuerpo entero, todo de golpe. Te observé unos segundos, sorprendida, incrédula. Tenía ante mi a un niño, a un bebé recubierto de una densa y blanca capa de vérmix, un bebé con los ojitos cerrados que lloró en pocos segundos, un bebé con un cordón muy grueso que latía con fuerza...

Te cogí en brazos y te pegué a mi pecho, miré a Martín que nos observaba con curiosidad, y volviendo la vista hacia ti recuerdo poco más que mirarte, buscando conocerte.

Un poco más tarde mi atención se desvió hacia la placenta, hacía un rato que había nacido y no recordaba haber sentido contracciones. No sangraba mucho pero al tocar mi útero vi que estaba blando, así que Seba propuso llamar a mi padre para tener otro par de manos y me pareció buena idea.

 

Me puse en cuclillas y empujé sin contracción unas cuantas veces hasta que la note salir, pero las membranas aún estaban firmemente dentro. Mi padre no tardó en llegar y me masajeó el útero un rato para animarlo a contraerse. Sabía que el parto no había terminado hasta que estuviera completamente fuera y mi antención que debía estar volcada en producir oxitocina mirando a mi bebé estaba concentrada en nuestra placenta. 

Como todas las cosas, con tiempo y un poco de mino acabó saliendo y el ambiente recobró la tranquilidad habitual de un postparto en casa. Nos metimos en la piscina de partos por el disfrute de chapotear un poco en el agua y me relajé de nuevo observando a ese bebé rechonchete que en todo momento había tenido tranquilo en mis brazos. 

Sentirte dentro de mi fue el primer paso de nuestra historia juntos, parir y nacer nuestra primera aventura, ahora tenemos la vida entera por delante. Para conocerte y reconocerte, para aprender y desaprender, para observarnos y observar todo lo que nos rodea... toda la vida, para crecer juntos Mateo. 

 

Valle, Julio 2016

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