Nacimiento de Olivia

Me miro, desnuda y traspirada. Soy la madre. Mi madre, mi abuela, mi bisabuela. Soy todas las mujeres que la vida moldeó. Soy la mujer arcaica, la mujer poderosa. He dado la vida.

 

Olivia nació en casa el siete de agosto de 2014. Fue una experiencia tan hermosa que, aunque nunca la olvidaré, quiero escribir la historia para no perder los detalles, a pesar de que es complicado ponerla en palabras. Ahora que ya han pasado casi dos meses, y que la crianza deja muy poco tiempo para nada, me parece increíble cuando lo recuerdo, y me gustaría volver a vivirlo  tal y como fue para saborearlo de nuevo, más todavía que aquel día. Y lo revivo como un sueño hiperreal, como uno de esos momentos mágicos en los que la conciencia se sale de su estado rutinario y entra en dimensiones que tenemos  poco exploradas y, sin embargo, le dan a nuestra existencia el sentido que pueda tener. Antes de empezar a  rememorar  he de agradecer a todas las personas que me han ayudado, desde las más cercanas hasta las desconocidas con sus palabras escritas en libros, y sus imágenes. Las lecturas, las conversaciones, los talleres, los videos, los ejercicios de toda índole, hasta los más irracionales… Todo el proceso de preparación fue importante y cada pequeño gesto aportó su granito de arena. Nunca me cansaré de dar las gracias a Olivia, Aurora, Gorka, Cristina, Valle, Raquel y Seba que estuvieron conmigo. 

Y a todos los que no estuvieron pero pensaban en mí con amor, muy especialmente a María, mamá de Candela e Iris, que desde Soria me envió tantas y tantas cosas y me animó con su ejemplo… Recuerdo que cuando escribí por qué quería dar a luz en casa terminaba agradeciendo y por eso ahora quiero empezar así,  y lo haría igualmente aunque no hubiese podido ser como fue y hubiese habido complicaciones o incluso hubiese acabado en el hospital, ya que todo el proceso merece igualmente la pena. 

Ahora es el momento de celebrarlo y compartirlo: ¡Todo sucedió tan deprisa…! Estábamos (justo) en la semana 41 y como suele pasar toda la gente empezaba a impacientarse, recibía muchas llamadas preguntando. Yo me encontraba bastante tranquila, pero ya tenía ganas de que Olivia naciera, sobre todo me inquietaba todo el tiempo que mi amiga Cristina, que había vendió para ayudarnos, estaba pasando aquí gastando sus vacaciones. Me había costado desear que llegase el parto porque estaba disfrutando mucho de esos días plácidos de verano, los paseos, el mar, las siestas, los juegos con Aurora y los cuidados de Gorka y Cristina. Me hubiera quedado así eternamente, me daba pereza el gran cambio que se avecinaba. Pero la tarde del día 6, el deseo de afrontar al fin ese momento que me parecía tan difícil, era más fuerte. A pesar del temor, siempre presente, me sentía preparada. Llevaba todo el día con contracciones muy llevaderas pero seguidas, que no desaparecían. Cuando a última hora pasó el calor y bajamos a la playa alguna ya me obligó a detenerme, aunque por mi experiencia previa sabía que eso podía durar días. 

 

Nunca me había bañado en la playa que está cerca de casa pero aquel día me apetecía mucho, así que me quedé sola mientras los demás iban a tomar algo, y poco a poco, ya sin sol, avancé hacia las olas de un mar plateado y brillante. Como siempre le pedí fuerzas, y sentí un poco de miedo porque las olas eran altas, fuertes, incesantes … y yo no sé nadar. Me pareció que esas olas eran muy semejantes a lo que serían las contracciones al final de la dilatación. Me ponía de espaldas para que no me dieran en la barriga y nadé a mi manera, hasta floté panza arriba, y supe que había llegado el momento, y que debía sumergirme en el parto como ahora estaba haciendo en el mar. Fue un baño muy especial. Como estaba segura de que el parto era inminente esa noche encendí las velas de mi "altar" y allí escribí a Olivia en el libro que comencé a hacerle al principio del embarazo, y también a Aurora. Aún así no lo anuncié demasiado, tampoco quería confiarme ni sembrar falsas alarmas. Una vez más, la intuición no me falló y a las seis y dieciocho minutos de la mañana me desperté  con una contracción rompiendo aguas. También percibí algo que se desprendía y pensé que podía ser el tapón mucoso. Sorprendentemente, tal y como soy, no me puse nada nerviosa, sólo me fastidió y alteró un poco el hecho de que las aguas tenían meconio, estaban algo teñidas y eso podría ser razón para ir al hospital ¡Qué rabia! Gorka se había despertado más o menos a la vez que yo, también con una intuición, y le parecía que no eran horas de llamar a Valle, así que desayuné con calma y en abundancia, saboreando los bocados, y llamé luego aunque aún era pronto, a causa del meconio. 

 

Me sentía muy emocionada y serena, en mis entrañas una profunda sensación de felicidad parecida a la que tuve cuando supe que de nuevo había concebido una vida en mi interior. Lo que aún me sigue sorprendiendo es la tranquilidad, porque no es habitual en mí, que ni el meconio podía alterar, y creo que se debía a toda la preparación previa. Tuve tiempo de escribir otro poco y dormir algo entre contracciones, que eran un pelín más fuertes, antes de que Valle llegara. Y ella, como un ángel, acabó de serenarme al disipar las dudas sobre el meconio. Cuando estaba escuchando el latido de Olivia para ver si todo iba bien se despertó Aurora y pudimos abrazarnos como cada mañana. Luego creo que entré ya en un estado diferente, porque los recuerdos se difuminan y hay muchas cosas que se me escapan. Empecé a vivir el tiempo desde otra dimensión,  a pesar de que podía hablar y conservar toda mi racionalidad. Todos decían que la cosa tardaría aún bastante,  yo internamente creía que no pero no les cuestionaba. Por si acaso. Estaba muy metida en mí misma, muy contenta. Recuerdo una contracción en el baño, hablando con Valle, tuve que callar porque era algo más intensa, y me hizo sonreir de emoción porque me anunciaba que todo iba bien, que estaba avanzando. 

 

Entonces decidí aislarme y me tumbé en la cama para sumergirme en las contracciones. Ese era el reto, no resistirme al dolor, aceptarlo y dejarme llevar por él. Todavía no dolía demasiado, poco a poco, ola a ola, se iba haciendo más fuerte. Intentaba respirar como había leído en el libro Con el consentimiento del cuerpo que tanto me gustó, concentrarme en lo que estaba sucediendo dentro de mí y fluir. Mi mayor temor siempre fue el dolor en la espalda (que en el parto de Aurora fue terrible) y cuando éste empezó a ser fuerte llamé a Gorka para que me diera un masaje con la maravillosa crema de caléndula y lavanda que me regaló Elena, otra buena amiga. 

 

Y después le pedí que se quedase pegado a mí por detrás, sintiéndole en mi espalda. Entonces llegó mi preciosa hijita de nuevo, que ya había desayunado, y se sumó al abrazo por delante. En ese momento sentí que algo se abría, y que Olivia se movía por dentro, y desapareció el dolor de espalda para dar paso a otro tipo de dolor, en el útero, y una contracción más larga y fuerte. Aurora me dijo que quería que yo volviese a ser la misma de antes, no sé si se asustó o percibió con su sabiduría el cambio que ya era inminente. Me sentí un poco culpable, pero fui capaz de poner a la culpa en su lugar, y delegar y confiar en todos los demás que iban a estar pendientes de ella para volver a concentrarme en mi cuerpo y lo que se estaba desatando en su interior. Creo que antes de volver a quedarme sola salí a ver la piscina y hablé con Valle y Cristina, me decían que comiese algo para tener fuerzas, porque podía durar mucho, pero yo no tenía ninguna gana de comer, y acepté un trago de zumo y agua porque insistían, pero me supo fatal. No sé muy bien en qué momento estuve a punto de pedir un tacto para comprobar mi estado (mi otro gran temor siempre fue no dilatar) pero me contuve, me conformé con la línea púrpura, y por cómo me dijo Valle que algo sí había dilatado, me pareció que en realidad era muy poco. El desánimo casi me vence, y tuve que recurrir a mi razón para recordar historias leídas en las que se dilataba muy rápido y repetirme a mí misma "confía, confía, confía". Cuando volví a la habitación, sentada en la pelota mientras crecía la marea interna, escribí mensajes a mis personas queridas para pedirles que me encendieran una vela o me mandaran energía porque ya estaba de parto, y llamé a mis padres que estaban pendientes porque ese día les había dicho que tenía matrona. A todos les dije que aún tardaría, por lo menos hasta el día siguiente o la noche. Incluso me intentaba convencer a mí misma de ello para estar preparada, a pesar de que internamente sabía que iba más rápido. Me quedé sin habla con una contracción intensa justo a tiempo después de colgar a mi padre. Por suerte hablé con él que se alarga menos que mi madre, porque ella se estaba preparando para la misa, ¡era el día de la fiesta en mi pueblo! 

 

Debió ser después de apagar al fin el móvil cuando volví a notar que Olivia bajaba un poco, que su camino se abría dentro de mí. No sé cómo describirlo. Estaba sola, volcada hacia dentro en íntima conexión con Olivia y respetada por mis acompañantes, sabiendo que podía contar con ellas si las necesitaba. 

 

Empecé a emitir un sonido con cada contracción, ¡ahahahaahahah!, más o menos acorde a su ritmo e intensidad, o ¿ya lo llevaba haciendo tiempo? Creo que al principio lo hacía casi respirando, suavemente, y luego fue cada vez más fuerte, a medida que esas olas que agitaban mi útero eran más largas, más fuertes, más potentes. Y llegó un momento en que no encontraba postura. Tumbada ya no podía aguantar, en la pelota me costaba, intenté colgarme pero no me servía. Sentía ganas de vomitar, y escalofríos y temblores entre contracciones, y por momentos las piernas me fallaban. Sin dudarlo decidí que era el momento de bajar a la piscina. Es curioso que no recuerdo nada de lo que hacían o decían los demás, ni los objetos a mi alrededor excepto la voz suave y la expresión de Cristina que me daba ánimos o me decía que lo estaba haciendo muy bien, que aún podía tardar mucho. No sé si me ofrecieron de nuevo comida, bebí agua eso sí. Y todos me ayudaron a meterme en la psicina pero no recuerdo sus rostros, sólo la maravillosa sensación del agua caliente, ¡bendita sea! Creo que Seba dijo que yo estaba muy guapa y me gustó oírlo, no percibía el mundo por fuera, ni me imaginaba a mí misma. Me tumbé y relajé tanto que la siguiente contracción me fastidió bastante... y una vez en el agua ya supe que de ahí no me movía nadie. Ni aunque hubiese querido yo porque cuando encontré la postura ya me resultaba muy difícil dejarla. De rodillas con la cabeza apoyada en el borde podía aceptar lo que ya era una tempestad salvaje, como mis sonidos empezaron a serlo. Comenzaba como un cántico, seguía como un grito y terminaba con gruñidos. No me hubiera resultado posible estar en silencio, con la voz me concentraba y me dejaba llevar muy lejos con el dolor, como al interior de un milagro. Hubo una vez que parecía Tarzán y me hizo mucha gracia y miré a Valle porque pensé  que su trabajo podía ser muy duro si tenía que aguantar aquellos gritos durante horas. Me acordé también de Raquel, que no llegaba, y no la oí entrar pero sentí su presencia al final de una contracción que me pareció eterna. 

 

Todo era justo como lo necesitaba, íntimo, natural, amoroso: el agua caliente que Seba no dejaba de traer para ir llenado la piscina, y que Cristina me echaba por encima, su mano, sus palabras…la mirada de Valle cuando se acercaba a comprobar el latido (yo, a veces, ni me enteraba), las caricias de Gorka y de Aurora cuando también se acercaron, sus ojos. Ellos estaban jugando fuera, y yo estaba tranquila en ese sentido, no les echaba de menos pero me encantó cuando les pude mirar. Transitaba entre el abandono al dolor en un estado de trance, fuera y aparte de la realidad, y la vuelta a la misma, cuando podía descansar. Embriagada disfrutaba del agua como si alguien me meciera entre sus brazos con cariño, hasta bromeaba, al menos con el pensamiento (pues no sé lo que llegué a decir de las cosas que pensé). Y tras el descanso venía otra contracción, cada vez más larga. Mi cuerpo tenía una potencia descomunal, en mi vientre se desataban todas las fuerzas de la naturaleza. Alguna vez pensé que si duraba mucho más acabaría agotada pero también que cada vez sentía a Olivia más cerca. Podía tocar su cabecita con mis manos, aún dentro de mí (Valle me recordó que lo hiciera) y era maravilloso. Por suerte no duró mucho. 

 

Durante una contracción vi las velas que la gente me había puesto y en otra un cielo lleno de estrellas de colores. Estas visiones me llenaban de energía. Hubo un momento en que casi me sentí desfallecer y pensé que debía ser el momento del "no puedo más" pero a la vez supe que sí podía ¡que yo aún podía! Y otra vez Valle me susurró que ya estaba a punto de salir, que disfrutara los últimos momentos con ella dentro, y al decírmelo sentí un enorme placer, una bellísima sensación abrazándola con todo mi ser antes de separarme de ella. Creo que poco después anuncié que salía la cabeza… 

 

Me detengo un momento mientras escribo esto con Olivia en el pañuelo, beso su cabecita, ya mucho mayor mientras lo recuerdo. Me impresionó la sabiduría del cuerpo, que sin yo pensarlo ni razonarlo cambió la postura, y me sorprendí haciendo con la pelvis un movimiento que habíamos visto en el taller de Esther, que se hace instintivamente para abrir paso. Me arrasó la fuerza de la vida, de mi bebé que pasaba a través de mí. No sentí dolor entonces, sino más bien una alegría salvaje y potente como la erupción de un volcán. Un poder inmenso. Entonces nuevamente habló Valle (con la gran virtud de usar sólo las palabras precisas en el momento preciso) para recordarme que sujetase la cabeza y no empujase hasta la siguiente contracción. Dio tiempo a avisar a Gorka y Aurora para que subiesen. Fue un momento sublime, más allá del tiempo, unos cuatro minutos en los que sentía intensamente como Olivia estaba a punto de abandonarme, pero aún dentro. Me encantaba, no tuve que esforzarme por no empujar, sólo esperar, confiar, confiar… y dejarme llevar por la siguiente contracción, y sentirme, poderosa y libre, en la cumbre de la montaña más alta mientras ella se deslizaba en el agua y la recogía con mis manos como tanto había soñado. 

 

Después todo fue emoción en los ojos de mis acompañantes, euforia en mi espíritu. Grité ¡qué fácil ha sido! Nunca pensé que podría ser tan fácil. Eso es lo que me gustaría trasmitir, que realmente lo que las mujeres han hecho desde hace miles y miles de años lo podemos seguir haciendo aún nosotras, víctimas de esta civilización que ha convertido los momentos más bellos de la vida en momentos de temor. Aún en el agua, Olivia en mis brazos, sobre mi corazón, cubierta de grasa, tardó un poquito en llorar y en abrir los ojos. Su llanto no fue desesperado sino más bien parecía sorprendida por este mundo, sus ojos enormes miraron hacia su hermana, reconociendo su voz. En pocos segundos estaba rosadita. Cuando salimos de la piscina su placenta salió también, suavemente, y después de mucho tiempo, cuando ya ella había mamado y creo que estaba dormida, yo misma corté el cordón que nos había unido durante tantos meses. 

 

Fue un día plácido y gozoso. Fue estupendo estar en casa, en nuestro ambiente y a nuestro ritmo. Comimos todos juntos, tranquilamente, felices. Descasamos, Valle comprobó el estado de Olivia con cariño y delicadeza, mientras ella estaba en mis brazos y al pecho. Pocas veces he disfrutado de una felicidad tan profunda. 

 

Ahora Olivia ya tiene casi dos meses y medio (no pude escribir todo esto de un tirón, claro) Su mirada es intensa y clara. Se ríe mucho y tenemos auténticas conversaciones. Creo que la placidez y la alegría que trasmite tienen que ver con cómo fue su nacimiento. Lo deseé así con todas mis fuerzas. Creí que podía ser posible y me preparé para vencer los impedimentos. Confié en ella, ella confió en mí. Confié en los que me ayudaban y acompañaban y ellas confiaron en mí. Confié en mi cuerpo y en la naturaleza. Sólo se trata de eso.

 

"Pienso a menudo en ese parto, en la intensa felicidad de haber acompañado a mi bebé hacia la vida. Su nacimiento me hizo nacer. Es como si se hubiese revelado por fin una reserva de fuerza sepultada en lo más profundo de mí misma. Obtuve una increíble confianza en mí y en mi hija, en la fuerza de la vida común a ambas."

Marie Bertherat

 

Ana, Octubre 2016

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