Responsabilidad 

¿Quién la asume?

Empiezo esta sección con este precioso artículo, No te dejo que no me dejes, donde Cristen Pacucci habla del consentimiento informado y de como no son los profesionales quienes deciden que está y que no está permitido hacer, sino las mujeres, dueñas de nuestros cuerpos que somos, quienes debemos dar permiso a los profesionales para hacer o no cualquier intervención. 

 

También aprovecho para compartir el artículo de Sara Wickham El lenguaje de lo complicado que nos invita a hablar más en términos de salud y normalidad para que el riesgo y la patología no invada los sistemas de maternidad.

En cada aspecto de la vida enfrentamos la decisión de delegar en otros, o de asumir nosotros mismos la responsabilidad. La oportunidad de observar qué nos hace sentir bien florecerá ante nosostros continuamente, y con ella, la posibilidad de coger las riendas, de dejar de apuntar con el dedo al exterior y mirando hacia dentro, observar profundamente lo que queremos hacer.

Nuestros miedos


El embarazo es un periodo especialmente vulnerable, bien por la influencia de los miedos de otros o simplemente porque nos sentimos seguros ante lo conocido, ante lo que hemos hecho muchas veces, y la maternidad, como con todas las primeras experiencias, genera a veces dudas sobre nuestro increíble potencial.

Los profesionales sanitarios no estamos exentos de miedo, tememos también nosotros lo desconocido y la formación que recibimos, basada en la patología, hace que sin querer o por convicción, a menudo sirvamos miedo como primer plato.

Cuanto más tiempo se pasa en nuestra compañía, más posibilidades hay de que de un modo u otro intervengamos en el natural fluir del parto. No es por maldad, simplemente estamos encadenados a creencias y a protocolos que a veces nos ayudan y otras nos limitan.

Por eso, cada plan de parto, cada pareja que se impone, es una posibilidad de mejora en la carrera de una matrona, una posibilidad de ampliar sus horizontes, de hacer que cumpla la esencia de su trabajo, acompañar a la familia en sus propias decisiones, pase lo que pase.

Que sean nuestros propios miedos, y nuestras certezas, no las de otros, los que dicten nuestro rumbo.


 

Arriesgándonos

 

A cada paso que damos en la aventura de la vida estamos, consciente o inconscientemente, asumiendo riesgos.

 

Los riesgos en el embarazo, el parto y el postparto existen. Tanto la fe ciega en el hospital y en la a menudo sesgada evidencia científica, como la fe ciega en la naturaleza nos expone a riesgos que tal vez no estemos dispuestos a asumir. Existen en casa y en el hospital. Creer que el parto fuera de un hospital es peligroso es tan poco acertado como creer que si no hay intervenciones innecesarias los partos irían siempre bien.

Otras generaciones tenían más claro que la vida no tiene garantías, pero nosotros vivimos inmersos en un falso ambiente de seguridad y seguros que no nos ayuda a aceptar las eventualidades, leves o graves, que la vida nos pone delante.

Y es que no podemos decidir no arriesgar, la opción con riesgo cero no existe, sólo podemos escoger que riesgos preferimos asumir.

Realmente ¿quién decide?

La actitud que nosotras asumimos como mujeres en nuestro parto, y la actitud con la que trabajan distintos profesionales condiciona quien realmente toma las decisiones en el embarazo y el parto (el postparto en el ámbito sanitario parece no importarle a nadie). 

 

Si como profesional sólo creo que hay una opción correcta, si enfoco la información que doy de tal manera que no da lugar a que la pareja ante mi tome decisiones que yo no escogería, decisiones que tal vez se salgan de mis márgenes de seguridad ¿quién está decidiendo? 

 

Si como mujer mi actitud es sumisa a los consejos o la información que el profesional me ofrece, si la acepto tal cual sin pensar que es lo que yo quiero o necesito, sin pedir más opciones cuando algo no sintoniza conmigo ¿quién está tomando las decisiones? 

Miles de opciones correctas

Cada familia, cada persona... es diferente, y está dispuesta a asumir distintos riesgos. Unos hacen escalada, otros corren con el coche, unos fuman, otros son plenamente conscientes de que no se alimentan de un modo saludable... y a cada bocado, cada uno de ellos decide su rumbo, disfruta de las pequeñas cosas, vive grandes aventuras...

No hay protocolo válido para todo el mundo, no existe una opción correcta y otra incorrecta, sino que entre el blanco y el negro hay una gran gama de grises. No hay profesional de ningún tipo en el que yo confíe tan ciegamente como para dejar las decisiones de mi vida en sus manos. Nunca tendremos el mismo criterio en todos los aspectos.

Cogiendo las riendas

Cada uno vamos a vivir la cicatriz o el disfrute de nuestras elecciones, no nos engañemos pensando que no podemos hacer otra cosa. El pasado no tiene remedio, es el eslabón que nos ayudó a llegar hasta aquí, pero el futuro tiene mil posibilidades. Podemos vivir este proceso como queramos, no cerremos los ojos para que la voz de otro nos indique el camino, informémonos para encontrar las herramientas que nos mantengan guía en nuestra propia senda.

 

Mi embarazo, mi parto, mi crianza, mi vida... es mi libertad. Mi libertad de expresarme, de ser profundamente lo que soy, mi empujón a la autenticidad, a conocer mis luces y mis sombras, a convertirme en la persona que quiero ser.

Esa libertad es mi derecho, mi certeza, mi tesoso... que no puede ser dejada en manos de otros, del que quiere lo mejor para mi pero no soy yo, del que sabe de un tema pero no de mi.

Mi interpretación de la vida, mi punto de vista, los riesgos que yo asumo no son ni más ni menos correctos que los de otra persona. Pero decidiendo yo misma soy capaz de asumir las consecuencias, de disfrutar al máximo los beneficios, de sentirme libre y responsable del camino que escojo.

Artículo para Prímula, Valle, Junio 2016

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